4 de Noviembre de 1820: El pueblo grita ¡LIBERTAD!

Lic. Vicente Reyes Ordoñez

Himno a Azogues

Como el río serpenteante, cuyo murmullo se convierte en un ensordecedor y retumbante golpetear de las olas, poco a poco el agua de la libertad comenzó a formarse en pequeños hilos de plata. Se veía venir el cambio, la transformación, nuevos caminos por los cuales transitaría la historia patria. Desde 1792 ya se oía en el silencio aquellos ecos murmurantes de emancipación en el pensamiento de Eugenio Espejo.

Como el viento que se escurre por las hendijas de las ventanas y por debajo de las puertas, la idea de un pueblo libre del yugo servil del tirano español se metía como oración en el corazón de Dios: en la mente del pueblo, en las iglesias, en las casas, en los callejones oscuros. El cura Javier Loyola infundía en sus fieles la fe que se bifurcaba hacia Dios y hacia la patria, convirtiéndose, para las altas esferas del clero, en un pecado digno de la excomunión y de las penas del infierno. Lo decía con vehemencia, a tal punto que el obispo Andrés Quintian Ponte de Andrade, refiriéndose al clérigo patriota, decía: «Adicto a la criminal causa de la independencia.»

Bandera de Azogues

Se estrechaba el paso de la historia en dos caminos que se tenían que elegir: «o morir o vencer». Camino que se convertiría en el juramento silencioso, en la razón de ser de aquellos que veían en la lucha que, tras la noche oscura, se vislumbraban los rayos de libertad.

El tiempo llegó, el plazo se había cumplido: «Consummatum est». La intentona del 3 de noviembre de 1820 fue la chispa que encendió la pólvora de la lucha, y cual Belerofonte cabalgando sobre Pegaso, el cura Javier Loyola cabalgó durante toda la noche para llegar donde el Dr. Miguel Gil Malo en Chuquipata y donde Juan Orozco Guerrero, el cura párroco de Azogues, urgiéndolos a «levantar a la gente para que acompañe a Cuenca».

La respuesta no se hizo esperar: en una oleada de sal y espuma, blancos, indios y cholos, en un solo puño, golpearon con fuerza, transformaron la lucha en una victoria inapelable. En Cañar el cura y los militares desarmaron a la guardia que llevaba preso al gobernador Antonio Díaz Cruzado y lo sumaron a la causa.

Escudo de Azogues

Entretanto, en Azogues, el clarín retumbaba como las trompetas para tumbar las murallas de Jericó, y el teniente Juan Monroy Guerrero se dirigió a apresar a Juan Francisco Carrasco, teniente juez.  Pero todo ello fue en vano, puesto que, en gesto de grandeza y amor a la patria chica de Azogues, este ya se encontraba en la plaza principal frente a la Casa Parroquial conjuntamente con otros hombres que ya habían abrazado la causa libertaria. No se hizo necesaria la verborrea del debate, ya que los corazones henchidos de patriotismo hablaron en un grito unánime proclamando la independencia de Azogues el 4 de noviembre de 1820, designando a Carlos Domínguez y Toral como Jefe Político y a Vicente Monroy como líder militar.

Sobre la valía del acto de lucha de los próceres y el pueblo del Cañar para alcanzar la emancipación de Cuenca, se ha expresado: «La acción de los hijos del Cañar fue tan decisiva y oportuna, que no ha podido sino ser reconocida en los mejores términos por cuantos historiadores se han referido a estos acontecimientos.» — Dr. Marco Robles López, Historia de Peleusí de Azogues.

Azogues no fue solo un soplo para elevar la cometa de libertad en Cuenca; por el contrario, se convirtió en la ráfaga voraz que hizo ondear la bandera de la dignidad y libertad. Para algunos historiadores, sin el refuerzo comandado por Javier Loyola, la independencia de Cuenca «hubiese fracasado.» Azogues no fue un apéndice, sino un nervio motor de la libertad en el Austro, un hecho que la historia debe seguir honrando.

Es menester en estas líneas hacer un breve esbozo de aquellos que la historia recuerda, pero también de aquellos que la historia y la memoria colectiva han enterrado en la tumba del olvido:

  • El Cura Javier Loyola (Maestro y Párroco de Chuquipata): No fue solo un mensajero, sino el catalizador militar y espiritual que garantizó el triunfo en el Austro.
  • Juan Francisco Carrasco: Personifica el quiebre de la lealtad colonial en la propia Azogues. Su rol es vital para entender la fluidez y el carácter orgánico del levantamiento local. Su adhesión inmediata y pública a la libertad, el 4 de noviembre de 1820, no solo evitó un conflicto local, sino que legitimó y consolidó el pronunciamiento en Azogues.
  • Cura Juan Orozco y Guerrero: Párroco de Azogues. Fue instado por Loyola, y él, a su vez, convocó al pueblo de Azogues, junto con Juan Monroy, para sumarse a la independencia. Su liderazgo religioso sirvió como punto de encuentro para el fervor patriótico.
  • Teniente Juan Monroy Guerrero: Voz activa en la Plaza de Azogues y artífice de la proclama. Es fundamental porque, tras la independencia local, fue el responsable militar que reclutó y comandó la «Columna Cañar».
  • Cura Francisco Cueto Bustamante (Cañar) y Cura José Orellana (Déleg): Curas que, al igual que Orozco, movilizaron a sus comunidades a marchar hacia Cuenca, garantizando que el contingente del Norte fuera una fuerza masiva e imparable.
  • Dr. Miguel Gil Malo: Propietario en Chuquipata. Fue el primero en recibir el mensaje de Loyola y ayudó a movilizar a la gente de su parroquia, demostrando que la élite ilustrada también se unía a la lid.

La memoria que no se apaga, sino que brilla con luz propia, debe recordar a aquellos sin nombre, sobre todo a los mingueros y labriegos anónimos que dejaron sus tierras para no volver. Ellos fueron la piedra angular de la independencia de Azogues. Ellos, más allá del relato, merecen ser llamados próceres.

Que cada vez que recordemos esta gesta heroica, sembremos en nuestro ser y en nuestra conciencia la semilla de la libertad, de la lucha y del progreso, pues nada se consigue sin sacrificio, nada se alcanza sin ideales, nada se construye si no se planifica en los sueños de las mentes que forjaron la libertad y el progreso fecundo de los pueblos. Cada persona que luchó para darnos la libertad ha sido un grano de tierra fértil que ha permitido, el día de hoy, tener árboles fecundos con frutos que hacen y viven la historia de nuestra tierra.

¡LOOR POR SIEMPRE A AZOGUES, LA CIEN VALEROSA, CORONADA DE OLIVO Y LAUREL!

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