
Lic. Esthela Vélez S.
Con mucha frecuencia en el trabajo diario docente existen ciertas interrogantes que se repiten, aunque no se expresen de manera directa. Una de esas inquietudes tiene estrecha relación con el aprendizaje del inglés como lengua extranjera. Algunos estudiantes lo dicen abiertamente: «¿para qué tengo que aprender inglés si no voy a salir del país?». Otros son más cautos, pero se percibe en su actitud, en el poco interés o incluso en el rechazo hacia la asignatura. Como docentes, enfrentarse a esta realidad obliga a ir más allá de la respuesta inmediata y cómoda de que “es parte del currículo”, porque, aunque es cierto, no resulta suficiente para motivar al estudiante. Esta realidad nos obliga a replantearnos cómo estamos enseñando y, sobre todo, qué sentido tiene para ellos lo que aprenden.
Aunque durante mucho tiempo la enseñanza del inglés en nuestro contexto ha estado marcada por un enfoque más bien instrumental (cumplir contenidos, avanzar con las unidades que trae el texto y preparar evaluaciones), se corre el riesgo de convertirse en una asignatura más, desligada de su propósito comunicativo. A esto se suman determinadas condiciones que forman parte de la realidad educativa ecuatoriana: aulas con un número considerable de estudiantes, pocas horas de clase a la semana para trabajar el idioma de manera práctica y, en ocasiones, una presión constante para avanzar con los contenidos. En este escenario, no siempre es posible generar experiencias significativas de aprendizaje.
Sin embargo, es innegable que el inglés hoy tiene una presencia que trasciende los espacios educativos. Si uno observa con más detenimiento, este idioma ya forma parte del entorno de los estudiantes, incluso sin que ellos tengan conciencia de aquello. Está presente en la tecnología que utilizan, en la información que consumen y en los espacios digitales donde interactúan. En este sentido, como lo señala Parupalli Srinivas Rao (2019), el inglés se ha consolidado como una lengua global que facilita la comunicación entre personas de distintos contextos, convirtiéndose en un puente y no en una barrera. Por ende, no es únicamente un contenido escolar; es, en muchos casos, una vía de acceso al conocimiento y a la comunidad mundial.
Esta relevancia creciente no solo se evidencia en la vida cotidiana, sino también en el reconocimiento institucional y cultural que ha adquirido a nivel internacional. En tal sentido, resulta pertinente destacar la conmemoración del 23 de abril como Día del Idioma Inglés, establecido por la Organización de las Naciones Unidas con el propósito de reconocer su importancia como lengua de comunicación internacional, así como su contribución a la diversidad cultural y al multilingüismo. Esta fecha coincide con el nacimiento y fallecimiento de William Shakespeare, figura emblemática de la literatura en lengua inglés, cuyo legado ha influido significativamente en la difusión y enriquecimiento del idioma, reflejando así el lugar que ocupa este idioma en los procesos de comunicación a escala global.
Ahora bien, más allá de la presencia global, lo que realmente debería preocuparnos es cómo el aprendizaje del inglés contribuye al desarrollo de competencias del estudiante. Aprender un idioma no solo es acumular vocabulario o reconocer estructuras gramaticales; implica desarrollar habilidades que tienen un impacto más amplio. Por ejemplo, cuando un estudiante intenta comprender un texto en inglés, pone en juego procesos de análisis, inferencia y pensamiento crítico. Cuando escucha y trata de interpretar mensajes, activa habilidades de comprensión que luego puede transferir a otros contextos. Y cuando se atreve a hablar —aunque cometa errores— está desarrollando no solo competencias comunicativas, sino también confianza y autonomía.
Desde la experiencia en el aula, se puede observar que aprender este idioma no depende únicamente de la capacidad del estudiante, sino de los factores personales que inciden de manera significativa. Por ejemplo, algunos estudiantes participan con mayor seguridad, mientras que otros, aun teniendo conocimientos, prefieren no intervenir por temor a equivocarse. Esta diferencia puede entenderse a partir de lo que Albert Bandura (1997) denomina autoeficacia: la forma en la que el estudiante percibe sus propias capacidades influye directamente en su desempeño. Si cree que no puede, es probable que ni siquiera lo intente.
A esto se suma el componente emocional. Stephen Krashen (1982) lo explica a través del “filtro afectivo”, que puede bloquear el aprendizaje cuando existen niveles altos de ansiedad e inseguridad. En la práctica, esto se traduce en algo bastante visible: estudiantes que entienden, pero no hablan por miedo a equivocarse; y ese miedo limita sustancialmente el desarrollo de sus competencias. Por su parte, Zoltán Dörnyei (2001) resalta el papel de la motivación, señalando que esta depende en gran medida de la experiencia del aprendizaje: si el estudiante no encuentra sentido en lo que hace, difícilmente se involucra de manera activa. Por estas razones, no basta con decir que el aprendizaje del inglés es importante; hay que generar espacios donde esa importancia pueda experimentarse.
Desde esta perspectiva, el aprendizaje del inglés puede aportar al desarrollo de competencias claves para el siglo XXI, entre ellas: la capacidad de comunicarse en contextos diversos, el acceso a información global, el pensamiento crítico y la comprensión intercultural. Como mencionan Marsh et al. (2020), el aprendizaje de lenguas contribuye a formar estudiantes más preparados para interactuar en un mundo cada vez más interconectado.
Frente a este panorama, el verdadero desafío no será decidir si el inglés es una exigencia curricular o una necesidad global, pues, en cierto modo, son ambas cosas. Pero lo verdaderamente importante está en cómo se vive ese aprendizaje en el aula. Si el estudiante logra ver el inglés como una herramienta —aunque sea en breves momentos—, el proceso cambia. Aunque no se dé de un día para el otro, cambia. De hecho, el desarrollo de competencias cobra sentido cuando lo aprendido empieza a tener utilidad, cuando deja de ser solo contenido y se convierte en algo que el estudiante puede usar. Tal vez no todos lo verán de inmediato y eso también es parte del proceso. Pero generar esas oportunidades, aunque sean pequeñas, es una tarea que vale la pena sostener. Lograr ese cambio de percepción es, probablemente, uno de los retos más trascendentales que tenemos como educadores.

FUENTES CONSULTADAS
Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. W. H. Freeman.
Dörnyei, Z. (2001). Motivational strategies in the language classroom. Cambridge University Press.
Krashen, S. D. (1982). Principles and practice in second language acquisition. Pergamon Press.
Marsh, D., Díaz-Pérez, W., Frigols Martín, M. J., Langé, G., Pavón Vázquez, V., & Trindade, C. (2020). La ventaja de ser bilingüe. EduCluster Finland.
Parupalli, S. R. (2019). The role of English as a global language. Research Journal of English.

Excelente perspectiva de la preocupante realidad en las instituciones educativas sobre el aprendizaje de inglés y no solamente en el nivel medio, ocurre lo mismo en el nivel superior. Se estudia inglés porque así un requerimiento pero los estudiante muchas veces no lo ven como una necesidad.
Creo que este texto es muy real porque muestra algo que pasa en muchas aulas: a veces no entendemos para qué sirve aprender inglés y por eso no nos interesa mucho. Me parece importante lo que dice sobre la motivación y el miedo a equivocarse, porque eso afecta bastante cuando uno quiere participar. También me hace pensar que aprender inglés no debería ser solo cumplir tareas, sino algo que realmente podamos usar en la vida diaria.
Es verdad Licenciada Esthela. Me sentí muy identificado cuando menciona que a veces entendemos pero no hablamos por miedo a fallar. Es bueno saber que usted entiende cómo nos sentimos y que nos motive a ver el inglés como una herramienta para nuestro futuro y no solo como una obligación del colegio. A veces como alumnos nos falta ver que el inglés nos sirve para entender la tecnología y cosas de fuera, y no solo para pasar el examen. Su texto me ayudó a ver la materia con más interés y a darme cuenta que siempre podremos seguir aprendiendo de nuestros errores.
Desde mi perspectiva como estudiante este análisis me parece realmente valioso ya que deja de ver el aprendizaje del inglés como un simple requisito y lo presenta como un entrenamiento para la vida. Genera una reflexión interesante la idea de que la verdadera meta no es memorizar reglas para un examen, sino usar el idioma como un escudo contra la inseguridad. Al priorizar la motivación y la participación sobre la presión de las notas, el aprendizaje deja de ser una tarea pesada y se convierte en una vía para descubrir quiénes somos y de qué somos capaces. En un mundo donde todos buscan resultados inmediatos, este enfoque nos recuerda que lo importante no es solo aprender palabras nuevas, sino atreverse a usarlas sin miedo a equivocarse .