134 años: Cuando una Institución se convierte en Legado

Ing. Pablo Flores Cabrera

17 de agosto de 1892, una fecha que marca el inicio de una historia institucional que 134 años después, continúa formando parte de la vida de generaciones enteras. Detrás de estos años hay miles de estudiantes que encontraron en nuestras aulas un lugar para aprender y crecer; familias que depositaron aquí sus esperanzas; maestros que hicieron de la educación una vocación y una comunidad. Porque el Juan Bautista Vásquez nació para el pueblo y, con los años, terminó convirtiéndose en parte de su historia, de su memoria y de su identidad, y quizá sea precisamente por eso, que 134 años no pueden entenderse únicamente como una cifra: detrás de ellos existe una historia que merece ser contada.

Un país marcado por profundas crisis sociales, políticas y económicas fue el denominador común a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX. La historia del Juan Bautista Vásquez se escribió en medio de las propias turbulencias del Ecuador, atravesando épocas de incertidumbre que pudieron haber debilitado sus cimientos. Sin embargo, aquella fragilidad fue transformándose, con el paso del tiempo, en solidez, carácter y fortaleza. Y es ahí donde se encuentra una de las herencias más profundas de esta institución, el haber enseñado implícitamente, que las dificultades no siempre obligan a retroceder, sino son oportunidades para resistir y avanzar. De las aulas del Centenario JBV surge también una particular manera de mirar el mundo: la no obediencia ciega, la capacidad de cuestionar y la voluntad de transformar, esta concepción rebelde y propositiva hoy forma parte, distingue y enorgullece a los estudiantes Juanbautistinos.

Pero, resistir al inexorable paso del tiempo significa haber aprendido a transformarse sin dejar de ser uno mismo. A lo largo de estos 134 años, el Juan Bautista Vásquez ha visto transformarse al Ecuador, a nuestra ciudad, a las familias y a la propia educación, ha conocido épocas de estabilidad y momentos de incertidumbre, ha tenido que responder a nuevos desafíos y adaptarse a nuevas realidades; y, sin embargo, ha mantenido lo esencial, concebir a la educación no únicamente como la transmisión de conocimientos, sino también,  como la capacidad de formar personalidades con criterio, dignidad y determinación. Por eso, la historia de nuestra institución no implica tan solo el haber forjado generaciones de estudiantes, sino haber marcado en ellos una huella indeleble de carácter e identidad.

Ese carácter sin duda trascendió las aulas. Con el paso de las generaciones, el Juan Bautista fue convirtiéndose también en parte de la memoria colectiva de la ciudad, su historia se entrelazó con la historia de Azogues y con la vida de quienes alguna vez ocuparon sus pupitres, compartieron una lección, jugaron indor o basket en sus patios y encontraron entre sus paredes una parte importante de su formación. Nuestros estudiantes al abandonar las aulas, llevaron consigo conocimientos que les permitieron enfrentar y resolver problemas; aprendieron que la disciplina es el camino para alcanzar los objetivos que se proponen; consolidaron una formación en valores para actuar con ética y coherencia; y, cultivaron la persistencia y la convicción necesarias para abrirse camino y triunfar donde la vida los llevase. Desde el arte y la ciencia, la religión y el deporte, el servicio público, el emprendimiento, la política y otros ámbitos, hombres y mujeres formados en el Juan Bautista han contribuido magníficamente al desarrollo y adelanto de nuestra sociedad.

Ahora bien, detrás de cada estudiante, detrás de cada logro y de cada historia, existen personas que han hecho posible que nuestra institución permaneciera viva; por eso, al celebrar un aniversario, no basta con rendir homenaje al establecimiento o a su trayectoria, es necesario fijarse también en quienes dieron y continúan dando sentido a su existencia conservando un legado:  a los estudiantes, nuestra razón de ser, tierra fértil para sembrar y cosechar un futuro promisorio; a mis amigos y compañeros docentes que han entregado conocimiento, tiempo y una gran parte de su propia vida a la tarea de educar; a las autoridades que asumieron la responsabilidad de correr riesgos estratégicos aun cuando el entorno tiende a ser complejo; al personal administrativo, cuyo trabajo cotidiano parece invisible pero fundamentalmente es el que sostiene la institución y, a las familias, que han confiado en nuestra institución la formación de sus hijos, han depositado en nosotros la esperanza de que, al salir de estas aulas, ellos lleven consigo las herramientas, los valores y la libertad necesarios para construir responsablemente su propio camino.

Recibir este legado también implica una responsabilidad, y es que pertenecer al Juan Bautista significa asumir el compromiso de estar a la altura de una historia admirable y una trayectoria impecable impregnada de excelencia. Cada generación hereda algo que no es de su posesión, una identidad que se va construyendo durante décadas, un nombre que ha trascendido durante épocas hasta establecerse como una marca. Una historia que no basta solo con ser recordada, sino que debe encontrar otras formas de ser escrita; porque la mejor forma de respetar el pasado no es vivir en él, sino recordar qué lo hizo grande, y en base a aquello, consolidar la capacidad de inspirar y transformar el presente.

El país en el que nació Juan Bautista Vásquez ya no existe; el Ecuador que conocieron quienes estudiaron aquí hace cincuenta, treinta o diez años es diferente hoy por hoy. Ha cambiado la sociedad, las familias, las formas de relacionarnos, la manera de acceder al conocimiento es ahora es multidiversa. La actualidad trae consigo una educación con base en la informática, susceptible a las transformaciones culturales y con grandes desafíos sociales. Bajo esta premisa, los más de cien años que poseemos no pueden ser únicamente un motivo de orgullo; deben también hacernos reflexionar sobre si somos capaces de reinterpretar nuestro desempeño, de cuestionarnos y autoevaluarnos para preparar a nuestros estudiantes para un futuro incierto. En definitiva, debemos estar listos para comprender, transformar e innovar; debemos ser capaces de disponer siempre de algo valioso que le sea de utilidad a la colectividad.

La memoria nos permite reconocer de dónde venimos; y, pensar en el futuro nos presiona a cuestionarnos ¿qué queremos que encuentren las siguientes generaciones?, entregar una institución idéntica a la que recibimos no es suficiente. El legado, aunque suene paradójico, implica evolución: comprender la esencia, proteger aquello que merece permanecer y transformar aquello que se necesita cambiar. Nuestro legado obliga a cada promoción de estudiantes o cada generación de docentes a custodiar temporalmente nuestra historia, y luego, la responsabilidad de añadir algo propio, proactivo, productivo y de un alto impacto social.

Y así llegamos al 17 de agosto de 2026. Con tanta historia que hay detrás de nosotros, resulta imposible pensar en escribir el punto final. El tiempo nos ha dejado una institución con memoria, con identidad y con carácter, pero también nos entrega la responsabilidad de hacer las cosas ética y profesionalmente bien, para que todo aquello que hemos heredado continúe teniendo sentido en el futuro. Ahora, somos los guionistas de un nuevo capítulo y tenemos la oportunidad de escribirlo con optimismo y perseverancia. Aquella convicción de ser los primeros en educación, disciplina, deporte y valores, estamos seguros, nos permitirá seguir formando personas capaces de aportar a la construcción de una sociedad mejor. Haber llegado a 134 años al servicio de la educación implica entonces, mucho más que celebrar una trayectoria: implica asumir el compromiso de seguir haciendo del Juan Bautista Vásquez un espacio donde los herederos de nuestra historia encuentren conocimiento, carácter y libertad. La próxima página nos pertenece, y esta vez, somos nosotros quienes tenemos el privilegio y la responsabilidad de escribirla. El legado continúa…

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