
Lic. Rosa. Aguaiza Galabay
La Inteligencia Artificial (IA) se masificó a partir de la segunda década del siglo XXI como una de las tecnologías más revolucionarias. Mientras algunos expertos celebran el potencial de la IA para mejorar la calidad de vida de las personas y resolver problemas simples y aún más complejos con ahorro de esfuerzo y tiempo, desde mi perspectiva y centrándonos en el ámbito educativo, la IA aporta con procesos e información de toda índole que semeja a las acciones mentales de los seres humanos, con lógica, secuencia y organización en el plano morfosintáctico semántico, de pulcritud en la presentación, pero el estilo es uniforme y planificado; nunca las ideas captarán las percepciones y las emociones de la inteligencia humana.
En alguna experiencia educativa en Lengua y Literatura se abordó una de las habilidades del pensamiento como es la síntesis desde la inteligencia humana y luego se pidió el aporte de la IA, notando que esta cumplió de manera fidedigna de acuerdo a las indicaciones establecidas, pero el contexto sufrió significativo, de fácil identificación. Esta experiencia da una pista interesante al docente para valorar las percepciones, ya que nuestro cerebro organiza e interpreta toda la información sensorial, produciendo mensajes espontáneos.
Resulta clave reconocer que el pensamiento es irremplazable e imposible de imitarlo, ya que es capaz de procesar todo el vasto entorno físico y social traduciéndose en ideas, mensajes, en textos de variada temática. En sí, la actividad cerebral ordena las máquinas, diseña las tecnologías; y la actividad más trascendente se centra en canalizar emociones y convertir en textos. De manera específica, en el plano del arte, la literatura optimiza el pensamiento humano para discernir, juzgar e interpretar mediante palabras y giros sintácticos. Con una suerte de aura única, en cada creación de la palabra, ya sea en la poesía o la narrativa, las ideas fluyen, las historias se entretejen creando mundos simbólicos e imaginados.
En la actualidad, ante el auge de la IA, el docente debe ser el puente de enlace para asir el mundo subjetivo del estudiante, impregnarle de dudas, de necesidades para conducir a la creatividad, al pensamiento ético y crítico, a pensar por él mismo y a resolver situaciones de seres humanos entre humanos. Las aulas de clase deben constituirse en templos de la imaginación para resolver a la luz de la sapiencia ciertos problemas irreconciliables o a salir del apuro con una simple dosis de humor. Esas simples operaciones mentales nos distinguen como seres con inteligencia interpersonal, sin el soporte de lo artificial o denominado como procesos de los algoritmos. Frente al avance de nuevas tecnologías, el cerebro debe recibir más nutrientes del entorno social y físico a fin de no permitir que se hunda en la borrasca.
En suma, el aporte de la IA en la era tecnológica tiene validez por la operatividad al mostrarnos múltiples ventajas de solventar las necesidades de la información, ayudarnos a resolver algunos problemas del contexto de la vida cotidiana y otros beneficios que los expertos pueden dilucidar pero nadie puede reemplazar los procesos mentales del ser humano por ser espontáneos, trascendentes e irrepetibles.
